Espectáculos y Cultura > GRAN PREMIO RAMÍREZ

Estampas de un 6 de enero en Maroñas

Crónica de una tarde entre veteranos "burreros", decenas de niños, artistas de todo tipo y los Reyes Magos

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07 de enero de 2016 a las 05:00

Los Reyes Magos no apuestan. En el día del Gran Premio Ramírez se limitan a recorrer el predio del Hipódromo de Maroñas repartiendo saludos, fotos y sonrisas con los niños que pueblan el lugar, mientras los adultos si se animan a jugar algunos billetes a su caballo favorito.

"Nuestro único objetivo es darle una sonrisa a cada niño, sobre todo a aquellos que mantienen la ilusión de ver a los Reyes Magos cada 6 de enero", cuenta Gaspar, mientras Baltasar y Melchor asienten a su lado.

Desde hace 11 años toleran el calor de enero, los pesados trajes brillantes y las calurosas barbas para cumplir su misión, sin ningún tipo de queja. Como tampoco se quejan los niños por sus regalos, explican los Reyes, que reciben el agradecimiento de los pequeños.

Los Reyes Magos siguen su recorrida por el Palco Oficial, acompañados por dos mujeres con apariencia árabe, a las que niños y adultos apodan "Fatmagüles", donde en ese momento cierra su espectáculo Francis Andreu.

El tango del Palco contrasta con la cumbia que sonaba momentos antes desde el escenario de la Tribuna General, donde hasta el público es notoriamente opuesto con el del palco, lo que se nota sobre todo en el interés que le prestan a cada carrera. Mientras que en la tribuna no hay demasiada atención, en el Palco se desata la locura cada vez que los animales y sus jinetes se acercan al disco, con los alaridos de "¡viejo nomá!" que dejan escapar los más fervientes apostadores.

El que si sigue cada momento de la jornada con extrema atención es Ruben Caffree. Parado frente a los boxes donde los equinos aguardan antes de correr, este salteño de 83 años mira los televisores, con su revista hípica en la mano, tomando notas para definir mejor sus apuestas.

Caffree es seguidor del turf. Desde Salto sigue con atención lo que pasa en Maroñas, y cuenta que sigue a determinados caballos, para saber con criterio a cuales apostar. Si bien no acude siempre al Ramírez porque su edad ya no se lo permite, viene preparado en todo sentido, desde la comida y la bebida hasta las jugadas que realizará. Más allá del seguimiento televisivo o a través de revistas que pueda hacer, confiesa que verlos en persona siempre es útil; por eso se ubica frente a los boxes. De todos modos, aclara que nunca va por los favoritos o por los caballos que seguro triunfarán en la pista, porque a nivel económico no es una movida redituable. "Siempre hay que arriesgarse un poco", cuenta con una sonrisa.

Caffree mira la décima carrera del día y se arrepiente por no haber jugado al caballo que ganó, al que tenía como una potencial buena apuesta. Detrás de él, un jóven grita "¡Gané, nomá!", aunque enseguida se empieza a reír, revelando la broma.

Los caballos no se asustan por los gritos ni por la presencia y la mirada constante de la gente, explica el cuidador de uno de los animales. "Si se asustan cuando van a la pista y suena la música por los parlantes", afirma, algo que solo suele suceder en días como el 6 de enero, donde los espectáculos artísticos se cruzan con los turfísticos.

Mientras hombres vestidos de gaucho se cruzan con brasileñas de vestidos elegantes, los niños pasan en busca de los Reyes, con las caras maquilladas y las manos ocupadas con globos o sus regalos del día, como dos chicos que pasan blandiendo dos rifles de plástico.

Una mujer avanza agachada, desesperada en busca de un boleto perdido, mientras un padre persigue a su pequeña hija, que tomó los preciados papeles y amenaza con romperlos.

Entre cada carrera los apostadores copan los lugares encargados de recibir y cobrar las jugadas, mientras los jockeys, que suelen participar en varios de los eventos del día, corren de un lado a otro dentro de la zona encargada de proporcionarles sus chaquetas.

En esa habitación trabaja Marcos Mitta junto a otro compañero. Ambos custodian, mantienen y entregan los días de carreras las más de 3.000 chaquetillas satinadas que identifican a cada uno de los studs que crían a los caballos. Cada uno de ellos registra su diseño único y entrega la chaqueta a Maroñas. Entre semana se realizan tareas de cuidado y limpieza, mientras que los días como los de el Ramírez el trabajo se limita a entregar la vestimenta a los jinetes, encargados del resto de su vestuario y accesorios.

Antes de saltar a la pista, los caballos se exhiben frente al público. Mientras veteranos como Caffree analizan potenciales ganadores, los niños, los otros protagonistas del Ramírez, los señalan y saludan, fascinados.
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