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Fede Álvarez: "En Hollywood sos como un director técnico, no te metés en la cancha"

El director uruguayo radicado en Los Ángeles habló sobre su último proyecto, La chica en la telaraña, y el peso de crear desde la industria más grande del cine

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08 de noviembre de 2018 a las 05:02

Hace tiempo que ya dejó de ser noticia, pero sigue costando acostumbrarse: Fede Álvarez (40) –el uruguayo, el hincha de Peñarol, el estudiante de la Universidad Católica, el que hizo el corto montevideano más popular de los últimos años– es ahora una estrella de Hollywood. Su cara más internacional queda al descubierto cuando sale del hotel en el que se aloja con la escolta de un guardaespaldas, con tiempos acotados, con varias personas que caminan a su lado y lo rodean con agendas, citas, cenas, entrevistas, cifras y recordatorios. Es un revuelo cinematográfico. 

El más visible de los tres embajadores orientales que desembarcaron en Hollywood tras la viralización de Ataque de pánico en 2009 –él, Rodolfo Sayagués, Pedro Luque–, volvió a Uruguay para presentar su tercera película en la industria. Tras Posesión infernal y No respires, Álvarez se puso al frente de un proyecto grande, pesado, con mucho dinero detrás: La chica en la telaraña, adaptación del cuarto libro de la saga literaria sueca Millennium. De eso habla el uruguayo que, sentado y más tranquilo, ahora sí queda despojado del aura hollywoodense que desde hace años lo rodea y con la que ya convive día a día. La estrella de cine, por un rato, queda afuera de la sala.

¿Por qué le interesaba aportar su visión al mundo de Lisbeth Salander?

Cuando te dan la chance de meterte a jugar en un mundo que ya se hizo y te copa, vas a decir que sí. Pero de todo esto, lo que más te atrae siempre es hacer una buena película. Intentar hacer algo que sea diferente a lo que se está haciendo, porque esta Lisbeth es muy diferente a la que apareció hace ocho años (en la película de David Fincher). Hay que mantener a estos personajes vivos y, de alguna manera, cuando volvés a contar sus historias lo hacés. Si no, cambian las generaciones y desaparecen. Pensá que alguien que va a ver esta película con veinte años tenía doce en la anterior y seguramente no estaba tan pendiente del personaje. Por encima de todas las cosas, me interesaba eso: mantener a estos personajes relevantes con vida.

¿Cómo vivió el cambio en la escala del proyecto? 

No es algo que se sienta en general. Cuando la película es más grande a lo sumo tenés más días de rodaje o una grúa más sofisticada. Y esas cosas no cambian tanto el día a día del director. Podés hacer una explosión que antes capaz no podías, pero tampoco era que la necesitaras. Para contar esta historia sí la necesitabas. Pero la verdad es que nunca es suficiente. Uno nunca termina el día de rodaje a la hora que debe, siempre estás corriendo contra reloj en todo momento y sin importar el presupuesto. Nunca hay suficiente tiempo y nunca hay suficientes recursos. Esa es la sensación que te queda.

Pedro Luque contó que hicieron varios asados en el rodaje. ¿Esa cuestión de generar un ambiente de camaradería viene de ser uruguayos?

Creo que es algo cultural. A Pedro y a mí nos gusta ser dos miembros más del equipo. Somos los jefes y tomamos las decisiones, pero no nos gusta demasiado el rol del patrón. Y además nos gusta honrar al equipo con algo que une, como el asado. Y eso se traduce a la película. Cuando el director se involucra con el equipo y está ahí en la trinchera con ellos, las películas salen mejor.

Esta película marca un paso fuerte dentro de la industria por la dimensión de la apuesta.  ¿Cree que responde a una manera de hacer las cosas y de un camino que se va allanando de a poco?

El camino nunca se allana demasiado porque el concepto es una abstracción. Lo único que sucede es que uno hace una película, después otra y después otra más. Uno crea una idea de carrera y trayectoria, pero es un concepto demasiado abstracto. Se toman decisiones una película a la vez. Y nunca se sabe si lo que se hace es lo correcto o no. En particular, esta película fue la primera que desarrollamos y producimos desde dentro del estudio (Sony). Las anteriores se hicieron de manera independiente, financiadas por el estudio. Acá el proceso creativo tenía muchas más opiniones involucradas, muchas más expectativas en todo el mundo. Y ese proceso, dentro del trabajo del director, es de las cosas más difíciles de hacer. Sortearlo es lo que diferencia al mediocre del bueno o el excelente. Uno piensa que el director tiene que ser un fenómeno con la cámara pero eso solo es una parte, porque hay muchos que lo pueden hacer bien. Lo más complejo es navegar el trayecto desde que te copaste con la idea, hasta que la terminás y ves que te ajustaste a lo que pensabas y que no te dejaste influir demasiado. Nadie viene y me dice qué hacer o me reescribe las escenas, yo no trabajo así, todo lo que está en la pantalla es lo que quise hacer. Pero lograrlo es el desafío más grande. Creo que al final pudimos hacer la película que queríamos, lo que pasa en la pantalla es muy cercano a mi idea original. Eso es lo que me hace sentir más orgulloso. Me deja contento haber sobrevivido. 

¿Cuánto hay en esta película del Fede Álvarez de Ataque de pánico?

Muchísimo. Volví a las raíces, a hacer cosas que extrañaba y que en No respires no hice o hice muy poco. Operar la cámara, por ejemplo. Incidir con ella en la obra. En Ataque de pánico soy yo corriendo con la cámara, alternando con Pedro (Luque). Acá pude estar tirado en la nieve, intentando encontrar con la cámara el ángulo ideal. Eso es algo que Hollywood de alguna manera empieza a sacarte, porque de golpe tenés un equipo y vos estás ahí metido en una carpita con un monitor dando órdenes. Sos casi como un director técnico, no te metés en la cancha. Si no querés, no tenés que embarrarte. Eso me pasó sobre todo en Posesión infernal y un poco menos en No respires. En esta película volví a estar ahí realmente, con la cámara al hombro en las escenas de acción, al punto que me rompí el hombro con la Alexa 65, que es la cámara más pesada que hay. No está hecha para lo que la usamos (risas).

¿Cómo fue el trabajo con Claire Foy, una actriz que está en pleno ascenso?

Es como todo. Los mejores actores no son fáciles. Tienen muchas opiniones, tienen una idea muy clara de lo que el personaje tiene que ser. Vos, como director, tenés una visión más abstracta de lo que querés; lo ves desde la subjetividad del monitor. El actor está viviéndolo. Los grandes actores tienen muy buenos instintos y son los menos fáciles en el sentido de que no van a hacer lo que vos le decís que hagan porque sí. Los que hacen eso son marionetas. Cuando trabajás con actores como ella, tenés que estar en un muy nivel muy alto y tratar de mejorar todo lo que puedas, de manera que cuando el actor te plantea que algo no debería ser como vos creés, puedas dar una buena respuesta y convencer con argumentos sólidos. Si no estás preparado, un actor así va a terminar haciendo una película diferente a la que vos querías. Fue buenísimo trabajar con Claire porque estábamos haciendo cosas que no habíamos hecho antes. Yo estaba trabajando con una actriz de su calibre, metiéndome en un drama que no había hecho antes, y ella estaba trabajando a un ritmo de acción que nunca había alcanzado. Nos enseñamos mucho mutuamente.

¿Cómo se convive con el peso de la industria? ¿Se siente en los hombros?

El concepto de Hollywood también es una abstracción. No es una realidad, no es algo palpable. Lo que sí te hace sentir que trabajás en Hollywood es que cuando tenés una idea, por más loca que sea hay gente que cree en vos, que te apoya y financia las películas. Nosotros logramos estar en esa situación de privilegio, gracias a nuestra películas logramos que las personas confíen en nuestras ideas. Eso es estar adentro. Vamos a estar afuera el día que tengamos una idea buenísima y la gente nos diga que estamos locos y nos descarte. Y en el día a día lo vivo desde un lado totalmente creativo. Todos los días trato de pensar cuál es la mejor película, qué está bueno, qué no se hizo, qué es original, qué vale la pena ir al cine a ver. Esa es la mayor presión. Y cuando hago una película, solo pienso en que a la gente le guste, que la vea, que la reacción sea positiva. Mi responsabilidad es encontrar esa película única, esa película nueva. Darle a una generación películas icónicas, las películas que van a importarle a alguien en el futuro. 

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