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La historia de dos uruguayas que viajaron hasta el fin del mundo

Ambas pasaron el verano a bordo del buque británico HMS Protector, dicen que esta experiencia obliga a cualquiera a tomar conciencia de lo insignificante que es el ser humano frente a la naturaleza

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30 de marzo de 2019 a las 05:04

Por Bruno Gariazzo - Especial para CROMO

En su película documental Encuentros en el fin del mundo, Werner Herzog plantea –a través de un viaje a la Antártida– la disparidad que se ha ido gestando entre el ser humano y la naturaleza: el primero cree dominar a la segunda, pero basta con enfrentarse a la inmensidad del continente helado para aclarar qué rol le corresponde a cada uno. En diálogo con El Observador, dos uruguayas que viajaron este verano a la Antártida a bordo del buque británico HMS Protector, Laura Paolino y Noelia Miraballes, narran su experiencia y concuerdan con la visión de Herzog.

El HMS Protector es un buque de patrulla de hielo de la Armada Británica (Royal Navy) con capacidades hidrográficas y oceanográficas que suele prestar apoyo logístico a las bases antárticas. 

En el año 2017 colaboró, por ejemplo, con el gobierno argentino en la búsqueda del submarino ARA San Juan, desaparecido a la altura del golfo San Jorge con 44 tripulantes a bordo. Según Paolino, jefa de cartografía de la Armada Nacional, la principal particularidad que caracteriza a esta embarcación es su capacidad de realizar relevamientos hidrográficos. Esto quiere decir que el buque puede escanear el fondo marino mediante impulsos de sonido; a partir de los datos relevados luego se confeccionan las cartas náuticas de uso internacional. Las cartas náuticas son fundamentales para garantizar la seguridad de las embarcaciones que navegan por esas aguas, sobre todo en zonas transitadas por cruceros en esta época en la que el denominado “turismo antártico” está en boga.

Como estas cartas náuticas son documentos oficiales que cualquier cultura del globo debe poder interpretar, es imprescindible que todos los países de la Organización Hidrográfica Internacional se adapten a los estándares de producción, para asegurar la utilización de un lenguaje universal. 

HMS Protector es un buque muy versátil con capacidad de adaptarse a cualquier demanda que pueda surgir: puede llevar consigo vehículos de tracción, motos de nieve, combustible y hasta recibir a bordo un helicóptero. 

En esta ocasión, el Protector apoyó a tres geólogos y un paleontólogo que estaban estudiando el deslizamiento de los glaciares y de los volcanes en la isla Rey Jorge, donde Uruguay tiene su base científica. También aportó apoyo logístico aprovisionando a la base más austral que existe, en el glaciar Thwaites. Esta base forma parte de un nuevo proyecto surgido entre Estados Unidos y el Reino Unido en el que se está investigando en qué medida el calentamiento global se encuentra detrás del progresivo derretimiento de este glaciar.

Parte de la cultura británica

Miraballes, teniente de navío en la Armada Nacional y jefa de departamento de la Fragata ROU01, recuerda que el Tratado Antártico –firmado actualmente por 53 países que hace de la Antártida un continente “de todos”– establece que el ecosistema de este continente no debe de ser alterado por la actividad del hombre. En vista de ello, el buque HMS Protector recorrió varias bases científicas verificando que los postulados del tratado son respetados y recogió cualquier resto de construcción o de basura que pueda haber sido abandonado. 

Paolino y Miraballes cuentan que, en octubre de 2018, la Armada Nacional publicó un comunicado interno solicitando voluntarios para embarcar el HMS Protector durante tres meses en la campaña de verano. 

Las invitaciones otorgadas por la Armada Británica tenían algunos requisitos, entre los cuales el principal era que los seleccionados poseyeran un nivel avanzado del idioma inglés. “Me interesé por las prácticas y la cultura británica”, cuenta Paolino, “por lo que decidí asociarme a la British Society, que tiene sede en Uruguay, para estar también más en contacto con la cultura británica”. 

A ambas uruguayas la experiencia les pareció muy enriquecedora. Paolino cuenta que ella habitualmente recibe los datos de los relevamientos hidrográficos pero no suele realizarlos ella misma, por lo que esta instancia representó una oportunidad para comprender el trabajo de sus colegas. También le entusiasmó formar parte de una tripulación diversa y perteneciente a otra cultura dentro de una de las embarcaciones más icónicas del mundo. Miraballes ya había estado en la Antártida en 2009, por lo que esta experiencia la ayudó a reforzar sus conocimientos de navegación en hielo. 

Al ser consultadas sobre su experiencia personal dentro y fuera del buque y sobre las posibles dificultades que podrían habérseles presentado, ambas remarcaron elementos diferentes. Paolino explica que se trata de una experiencia exigente: “No es un paseo, no es un crucero, es un ambiente de trabajo que requiere mucho de uno”. La rutina del buque es muy marcada. Todas las nochecitas en el buque se publica el cronograma de lo que se hará el día siguiente, y las tareas deben ser cumplidas en regla. “Es exigente físicamente y mentalmente –dice Paolino–, pero al final del día es satisfactorio”. 

Por su lado, Miraballes explica que fueron 32 días en un sitio en el que nunca es de noche. De hecho, la Antártida se caracteriza por presentar solo dos estaciones, verano e invierno, y en la latitud en la que se encuentra el glaciar Thwaites el sol nunca se pone y a medianoche se encuentra 10 grados por encima del horizonte. “El reloj biológico un poco se descontrola. Al nunca tener noche, nunca terminaba de dormir bien”, dice. 

Al igual que Herzog, las dos uruguayas opinan que la “experiencia antártica” funciona como un choque de conciencia para cualquier ser humano. “Pisar por primera vez el continente antártico te deja sin palabras. Lo había visto anteriormente en fotos y videos, pero ver con mis propios ojos esa geografía tan diferente y esa extensión de un mar de hielo hace que te cueste creer lo que la naturaleza es capaz de hacer”, dice Paolino. El HMS Protector podrá ser un barco muy potente de 90 metros de largo y con motores de 4.700 caballos de fuerza, pero encuentra grandes dificultades para avanzar sobre el hielo. 

Hay que entender la medida en la que la naturaleza impone obstáculos. Paolino también hace un énfasis en lo imprescindible que es la cooperación entre personas y entre países para lograr trabajar en un ambiente tan inhóspito.

"Trabajar todos juntos en pos de algo en común, estando siempre comunicados, es la mayor contribución hacia el avance de todos”, opina Paolino. 

Por su lado, la teniente Miraballes dice que en sus 11 años de servicio en el mar comprendió la fragilidad del ecosistema y la insignificancia del ser humano en el planeta. “Tener la experiencia de conocer el mar te hace tomar conciencia del medio que te rodea. Este planeta es más agua que tierra, y viviendo en la ciudad se pierde la conciencia de que uno no es todo, de que hay todo un ecosistema afuera, que es muy frágil y que es muy importante el conservarlo para asegurar nuestra propia supervivencia”. 

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