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Lorenzo Ferro: de ser el asesino serial más famoso de Argentina al penal de El Marginal

"El Ángel", de Luis Ortega, lo metió de golpe en el mundo de la actuación; ahora Ferro alterna entre música y rodajes, lanzó un disco y estará en "El Marginal III"

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20 de mayo de 2019 a las 05:01

Acaba de bajarse de la montaña rusa y aunque la sangre le sigue circulando en las arterias de la cabeza con fuerza centrifugada, al menos sabe que el sacudón mayor ya pasó. Su vida, de alguna manera, retomará un cauce más o menos normal –o algo que se asemeje a una normalidad que, lo sabe, perdió–. Lorenzo Ferro mira por arriba de su hombro y ve que El Ángel ya quedó atrás. Ya bailó, mató, fue Carlos “el ángel negro” Robledo Puch, ya rozó el éxito con la punta de los dedos, lo saboreó con el paladar y la lengua y le gustó. Y también se cansó. Pero aunque por momentos odió la exposición, recuerda todo el proceso con mucho cariño. De la mano de la película de Luis Ortega encontró el hueco y se metió en el cine; paseó por Cannes, fue elogiado por su primer protagónico, hipnotizó a miles de pares de ojos en las salas de cine y también recibió varios premios. Sus rulos impertinentes y su cara de adolescente tardío lo convirtieron en una estrella y él lo supo aprovechar. Entrevista va, entrevista viene, tiró la bomba: “Ahora me gustaría trabajar en una serie. Algo como El Marginal o Un gallo para Esculapio”.

Ahora, sentado en el medio de un caótico junket de prensa de los Premios Platino, se ríe con vanidad. “Viste papá, yo sé cómo jugarla”, dice, y se acomoda en la silla.

Después de ponerse en la piel de uno de los asesinos seriales más famosos y perturbadores de la Argentina, Ferro se embarcó en un segundo papel que parece estar de nuevo hecho a la medida de sus intereses: será –o es, porque sigue filmándolo– uno de los nuevos personajes que introducirá El Marginal III, la exitosa ficción de Underground que protagoniza el uruguayo Nicolás Furtado. El actor aparecerá en la serie como el hijo de un médico que cae preso en el violento penal de San Onofre, y quedará inmerso en las peleas tumberas que los Borges tienen pendientes allí.

“A todos nos gusta la violencia. Yo decía que quería estar en El Marginal porque quería laburar con ellos (Underground) y hacer una serie. Y ahora que la hice me di cuenta de que son dos mundos muy distintos. En el cine Luis (Ortega) si quería hacía 40 tomas de cada plano, y en El Marginal es todo más apurado. Como lamentablemente en Argentina no hay mucha guita, con tres planos o tres tomas estamos. Así es la tele”.

Cuando arrancó con El Ángel Ferro apenas tenía 17 años, y aunque el tiempo ha pasado y ahora tiene 20, poco ha cambiado en su rostro desde que apareció por primera vez en el adelanto de la película. Sus rasgos siguen teniendo algo andrógino, un costado ambiguo que se inclina para un lado o para el otro dependiendo del cariz de la conversación. El trayecto entre lo femenino y lo masculino no cede, incluso ahora que sus rulos desaparecieron en pos de un pelo corto y teñido de rubio intenso que requería el guion de su nuevo trabajo. Sí cambió, sin embargo, la intensidad de su vida. Dice, y respira aliviado, que la tormenta mediática pos-ángel cesó. Hoy los ojos no están encima de él de manera permanente. Y agradece, porque por un momento sintió que no iba a poder con tanta exposición. 

“Hay que aprovechar cuando la atención es alta, porque después baja. Igual, cada una tiene sus ventajas. Cuando es baja te quedás en tu casa, te quedás escribiendo, conectándote con tu interior para crear tu arte, y cuando tenés la exposición encima hay que aprovechar los castings, hacer business. Pero te quema. Ahora por suerte ya no estoy tanto en el ojo de la tormenta. El problema es que todos estamos preocupados sobre qué piensan de nosotros, y la verdad que tendríamos que cagarnos de risa de nosotros mismos y que nos chupe un huevo lo que piensan los demás. Pero es muy difícil”.

En esos tiempos de exposición, a Ferro no se le subió la fama a la cabeza. Dice estar metido en lo suyo, asegura que no le gusta mucho figurar y que le tiene miedo a dos cuestiones en particular con las que tuvo que empezar a lidiar: el ego y el dinero. “Son los peores enemigos, pero hay que amigarse con ellos. Al ego no podés matarlo, pero sí tenés que mantenerlo estabilizado, saber bien lo que sos y nada más”.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Bienvenido @ferrototo a #ElMarginal3

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Igual antes de todo eso, de los festivales de cine, las entradas vendidas, las fotos en la calle y las convocatorias a nuevas películas y series, Ferro era Kiddo Toto, un freestyler con bastante éxito en las batallas de rap bonaerenses. Y fue desde el under del hip hop, un estilo musical que sigue explorando, de donde llegó a la casa de Luis Ortega, pronto para convertirse en un asesino y en un heredero de sus genes –es hijo del actor Rafael Ferro–.

“Me acuerdo de esa época con cariño. Ahora no me tomo el colectivo, pero ahí lo hacía, me tomaba el 178 y estaba tres horas arriba yendo a los de Luis a ensayar una sola escena. Llegaba y en la mesa estaba todo lleno de gin tonic, cosas para picar, faso, una cámara. Después él ponía la música, se metía la perra entre nosotros y yo me ponía a jugar con ella y a actuar. Yo recién había salido del colegio y terminé encontrándome con este personaje, con un chabón que tenía 38 y parecía un pibe de 20, y me pareció muy loco. Los ensayos eran duros pero se hacía muy fácil en compañía suya. Ahora hace un tiempo que no lo veo, pero somos hermanos. Yo lo amo a él y él me ama a mí”.

El tiempo de la entrevista terminó. Ferro está nominado a mejor actor en los Platino por su papel en El Ángel y es uno de los más solicitados. Tal vez la charla le esté pareciendo interesante, tal vez lo achaque tener que volver a correr a otra entrevista, pero por algún motivo se queda en su lugar, y le hace señas al de la organización que lo deje tranquilo. “Una más, una más”, le dice, y lo ahuyenta.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

#elmarginal3 #elmarginal Ph: @conylagreca

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Una más, entonces. Y esa pregunta extra es sobre la música. Que cómo va a alternar el rap y el cine, que si quiere alternarlos, que para dónde va el futuro de Lorenzo Ferro, que parece extraño y viboreante. Él dice que ahora está por dar su primer show, que acaba de sacar un disco –Resfriado, en todas las plataformas y con canciones como Choqué el auto de papá, Niño moco y Pañal funeral– y que tiene planes para hacer un video musical con su padre o algo así. Dice que se anima a intercalar actividades, que su ideal de vida marca la mitad de año para el cine, la mitad para la música. “Es una estrategia media matemática, pero creo que se puede”.

Lorenzo Ferro se esfuma entre los focos del lugar. De vez en cuando se escucha su risotada de fondo y el rubio carcelario le brilla de lejos. Allí no todos lo conocen, pero igual llama la atención. Hay algo extraño que lo rodea, una sensación de incomodidad que produce y transmite nada más con pararse en un rincón y observar el panorama. Claro que él lo sabe y así controla la situación, maneja los hilos de una tensión invisible. Aún conociendo la verdad, uno no puede más que inquietarse: pareciera que, en el fondo, Ferro no es más que otro rostro que oculta algo más, un ángel interior que empuja para salir. Que, como Robledo Puch, es magnético, perturbador y fascinante. 

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